Las personas no cambiamos, sólo que nos hacemos viejos y nos vamos adaptando al cambio, cogiendo la vida con más calma y saboreando los momentos… nos sorprendemos al darnos cuenta de que tenemos más pasado que futuro…

Amatista

Fatales los tiempos reprimen la brisa,
se encastra el silencio tras de la sonrisa.
Aguda una nota se viste de blanco,
de perfil perpetuo sobre el desengaño.

Descubro el agreste sonido del viento
clamando encrespado sobre el muro ciego.
Se iza la noble caricia del aire,
desplegando diestro el sol en los valles.

Fatiga inaudita en la prueba inmóvil,
torrente de arena sobre los crespones.
Desgrano y revelo la beta amatista,
que descorre el velo, tras de la embestida.

Sobre la gran huella que pinta el comienzo
engendro una perla roja como el fuego.
Una herida sella la cuota de olvido

y remonta vuelo más allá del risco.

Mis manos se abren serenando al verbo,
y vierten caricias sobre esos hechos.
Espero en silencio que cierre la grieta…
y se abra el día en sonrisas nuevas.

Hombre Salvaje…

Me gustaría saber escribir/hablar/versar para ti…
Escribir bien.

Para que así cuando leas estas frases… Te des por enterado, comprendas muy bien, con ganas,
con pasión… El cómo sin llegar a cruzar la línea, sin un beso,
sin llegar a ser nada más allá que una amistad ; te tengo aquí metido,
entre el día a día,
entre mi taza de café,
mis minutos del reloj,
y mi deseo carnal de abrazarte con fuerza contra mi pecho.

Deseo, extraño,  añoro, lo que jamás he tenido contigo.
Porque sin vivirlo ya he transpirado
la euforia de tu aliento.
De tus respuestas a mis miradas,
de tus deseos recíprocos de palpar.

“Hombre salvaje,
peligro en extinción”…
Voy a ser la ingenua, tu ingenua, incluso cuando está escrito, y bien,
que tan sólo eres un depredador.
Voy a permitirme hacer un llamado, a ti, el salvaje…

¡Ven aquí!
Te invito a dejar la lejanía.

 

Al otro lado de la mesa

LA ENFERMEDAD

Volviendo del hospital, observé con detalle, quizás por primera vez, antes siempre atolondrada no tenía tiempo para fijarme en que un momento antes de la salida de Barcelona se divisaba un mar de color platino, iluminado por tenues cortinas de sol, lo que emergía era un paisaje de interior, de textura frondosa y horizontes toscanos.

Hoy el cielo está encapotado: la primavera se resiste. Una lluvia fina ha dejado las calles desiertas y hace frío, de modo que se agradece el calor. Mi casa es un lugar acogedor, con trazos de vida cotidiana intensa: una agradable madriguera.

Cansada y agotada por el viaje y las pruebas que me han realizado, me he sentado en mi sillón pensando qué difícil es estar al otro lado de la mesa… ser “paciente”

Como médico siempre he luchado por conseguir una medicina más atenta, más afectiva, más humanizada… Sin embargo, ahora como enferma de cáncer me he dado cuenta que no reparé en lo que representaba ser paciente.

Mientras hacía una derivación o solicitaba las pruebas necesarias para comprobar tal o cual cosa, no valoré el tiempo y quebraderos de cabeza que le representaría a esa persona hasta finalizar las pruebas, no lo hice y me conmuevo al pensarlo.

En sí, hay un proceso de estigmatización externa que hace que a veces se mire al enfermo como a un desahuciado, y también de autoestigmatización. A diferencia de otras enfermedades, muchos de los pacientes de cáncer, cuando reciben el diagnóstico, abandonan. Abandonan la vida no en el sentido de que se entreguen a la muerte, sino que dejan de vivir la vida que vivían. El impacto es tan fuerte que se produce una ruptura vital. La enfermedad te domina, y la sociedad, de alguna forma, te invita a abandonar cuando te aconseja que cojas la baja y te quedes en casa; cuando, con la mejor intención, te dice: tienes cáncer, ahora debes pensar en ti; haz lo que te plazca. Es una forma de decir: cómo vas morir, cumple tus deseos, entonces dejas de ser Maite para ser, como decía Susan Sontag, “la enfermedad”.

El paciente de cáncer sufre un proceso de despersonalización. Pasa a ser un yo-cáncer. Yo he luchado contra estas fuerzas que te empujan a recluirte. Yo he dicho: me encuentro bien, voy a hacer cosas. Quedarme en casa es una opción que yo agradezco, y que en un momento dado puedo necesitar; pero mientras pueda he de seguir haciendo de hermana, hija, de amigos, y he de seguir con mi tarea profesional. ¡Claro que el enfermo de cáncer tiene derecho a quedarse en casa! Pero también tiene derecho ser la persona con motivación e ilusiones de futuro.

Es sorprendente cómo perdura el estereotipo negativo, cuando ahora mismo se curan más enfermos de los que se mueren y es por muchos motivos, entre otros porque seguimos utilizando un lenguaje estigmatizador. Del terrorismo decimos que es el cáncer de la sociedad, no decimos que es el infarto o el ictus de la sociedad. Ese lenguaje implica un poso cultural que acaban interiorizando los propios enfermos. Naturalmente, también influye que todos hemos tenido un precedente en la familia que ha terminado mal.

De todas maneras, mi visión de las cosas ha cambiado en un aspecto de forma radical: he aceptado mi muerte. Mi muerte joven, quiero decir. Creo que ya no puedo esperar de la vida mucho más. Pero no hay hipocondría y tampoco tengo miedo. Acepto que he tenido mala suerte, pero la enfermedad también me ha reforzado. Observo las cosas con más distanciamiento.

Sí. La resignación existe. Piensas: así es la vida, unos mueren de cáncer y otros de sed en una patera a la deriva. No es algo que nos tenga que ocurrir a todos, pero a algunos nos ocurre, y entonces te parece absurda la obsesión por vivir mucho tiempo. Hay que aceptarlo, y no tiene mucho sentido desesperarse antes de hora. Eso sí que lo tengo claro, no vivo con angustia. Hay momentos en que estoy muy triste y hasta me pongo a llorar, pero creo que lo llevo con dignidad, de manera que no sea una carga para nadie. También hay un redescubrimiento de la vida interior y un mayor compromiso. No estoy reclamando más asistencia para mí, que tengo una buena asistencia; la estoy reclamando para todos los pacientes, y sobre todo escribo todo esto porque creo que mis padres me dejaron una sociedad mejor que la que ellos encontraron.

Acumulamos energía luchando contra el cáncer, es mejor gastarla en hacer cosas positivas que martirizar a la gente o martirizarte a ti mismo. Al convertirte en enfermo puedes volverte egoísta y llegar a ser desagradable con los demás, que no tienen la culpa de lo que te ocurre. Yo procuro ser afable. Soy bastante emotiva, pero también soy irónica y sé distanciarme bien de las cosas. Puedo vivir con bastante frialdad lo que la gente vive con mucha tensión. Y paradójicamente, tengo mucho más tiempo para hacer lo que quiero porque mentalmente tengo muy despejado el cajón de los problemas.

La gente gasta mucha energía en odiarse, en crearse problemas perfectamente evitables, en cosas banales. Yo parto de la idea de que no tengo que tener problemas: ¡ya tengo un problema! Y por tanto, cuando alguien me viene con uno nuevo intento situarlo rápidamente en un contexto resolutivo: a ver, ¿tiene solución o no la tiene? Si no la tiene, no gasto más energía. Tengo las prioridades muy claras. Pienso: aquí mi familia y amigos, y cuanto más tiempo disfruten de mí, y yo de ellos mejor; por eso ahora lo que quiero es ganarle tiempo a la enfermedad para estar con ellos.

EL SISTEMA

Tenemos un sistema de valoración de los profesionales que incide mucho en los aspectos científicos, dando por hecho que la asistencia se presta bien, pero no siempre es así. Si nadie se encarga de valorar los aspectos asistenciales significa que para el sistema no tienen valor, y la prueba es que no hay indicadores hechos por pacientes sobre calidad asistencial. Al final, lo que los pacientes queremos es que nos cuiden. Yo ya acepto que no me van a curar, pero me costaría aceptar que no me van a cuidar. Hay estudios que demuestran que recibir buenos cuidados aumenta no sólo la calidad de vida, sino también la supervivencia de los enfermos de cáncer.

Los enfermos tienen un nivel educativo cada vez más alto, quieren tomar sus propias decisiones, y para eso necesitan buena información. Con Internet disponen de una gran cantidad de información, pero poco digerible. Había que filtrarla y organizar la forma de facilitarla.

Pero parece que los médicos cada vez controlan en la deshumanización de la medicina ¿no influye también la organización? La organización sanitaria sigue un modelo industrial en el que se prima la productividad y la cantidad por encima de la calidad; al que se llega mayoritariamente por urgencias, y que consiste en llenar agendas y salas de espera. Si nos preguntaran a los pacientes, ciertamente no elegiríamos este modelo, sino otro en el que los médicos tuvieran más tiempo para la consulta, para estar al día y para investigar. Ahora cada vez es más difícil que al paciente crónico le atienda siempre el mismo médico, y no está garantizada la continuidad asistencial entre diferentes niveles. Por eso una de nuestras peticiones es tener un médico responsable, una especie de tutor que se responsabilice de la historia clínica y ayude al paciente a tomar las decisiones.

Uno de los problemas de la medicina es que hemos convertido a los médicos en asalariados y ahora forman un colectivo profesional insatisfecho, desmotivado, mal pagado, y como los gestores saben que es así permiten incumplimientos en el horario y la dedicación que de otra forma no se tolerarían. El sistema no es capaz de distinguir entre el médico que trabaja bien y el que lo hace mal, y aunque tenemos leyes muy avanzadas, no se cumplen. Por ejemplo, tenemos regulado el consentimiento informado, pero la información es tan deficiente que yo lo llamo el consentimiento firmado, porque parece que lo único que se busca es la firma. Necesitamos despolitizar la sanidad.

El imperativo tecnológico está deshumanizando la medicina, esta reflexión me ha llegado con el ejemplo de un gran amigo mío. Su ejemplo como médico. Él tiene un concepto muy social de la medicina, no ha tenido grandes ambiciones materiales. Él acudía a cualquier hora que le llamaran, fuera sábado o fuera domingo. He tenido la suerte de poder ver un tipo de medicina pobre en tecnología, pero rica en valores humanos. Cuando una persona se entrega tanto a sus pacientes es maravilloso.

 

Escribiendo

 

 

Escribo y al fin escribo

para salvarme del frío,

por no estar sola en la noche,

por el amor que no es mío,

por esta pena prestada

que se ha quedado conmigo.

Escribo por este miedo

de la nada y el vacío,

por los niños que no juegan,

por los amantes vencidos,

por las palabras gastadas,

por los sueños que no han sido.

Escribo porque no sabes

que ya no sé lo que sigo,

y por las cosas más graves

y más triviales escribo.

 

 

Caminando

 

 

 

Detrás de las nubes la voz se alza al viento,

regala indulgencias sobre los
misterios.

El cielo se torna cálido y dorado,

partiendo las nubes en pedazos blancos.

Le escribo a la estrella que guía mis pasos,

le concedo el tiempo de mi paso en falso.

Su luz enceguece y quedo pausada…

confío en lo escrito en mi luna blanca.

No importa este precio… lo saldo con ganas…

espero que brille otra vez el alba.

Ofrezco un silencio de cristales rotos,

donde lo imposible se abre a los ojos.

Los sueños se expanden, destruyen fronteras,

se prenden del pecho con la fuerza nueva.

Nada que buscar… el tiempo exonera…

yo sigo parada sobre mi escollera.

Solo hay un camino fijado en la meta,

sola en desierto me siento en su arena.

Mientras tanto freno el ritmo del pulso,

que me tironea a la luz del junco.

Marcas indelebles de paz y sosiego,

ponen la balanza a nivel del tiempo.

Tal vez me equivoque… y caiga al vacío…

pero aquí espero… parada en el risco.

 

¿Qué podemos hacer para rescatar los valores que se han perdido?

 

Hoy en día el estrés es lo que más se ve por las calles, todo el mundo tiene algo que hacer y estamos super ocupados. Los niños son criados con el televisor, los vídeos juegos, los móviles inteligentes etc., mientras sus padres trabajan y hacen otras cosas. Esto ha traído como resultado una plaga de enfermedades mentales. ¡Los valores están desapareciendo! ¿Qué podríamos hacer para fomentar que no se pierdan los valores del ser humano?

Los valores morales son una cuestión de orden muy personal, pero si nos referimos a los valores tradicionales de determinada sociedad, los cuales sin duda han ido desapareciendo o transformándose, y sin entrar en la discusión del por qué hay que rescatarlos, puesto que ese es un debate absolutamente subjetivo y en el que jamás alcanzaremos un consenso, pondré sobre la mesa como podrían mantenerse o llegar a rescatarse.

Lo fundamental para lograr lo anterior es en base a una reforma educativa integral que destaque estos valores, para condicionar a los niños a vivir una existencia regida por los mismos, apreciar a aquellos que así lo hacen, y fomentarlos en sus propios hogares.

Los niños podrían ir a la iglesia, para la educación espiritual Dios es lo mejor y no te preocupes si es cierto o falso, Dios representa valores y virtudes y el enigma de dónde venimos no es lo principal, sino que aclaremos con los niños que van para  para conocer y entender experiencias plasmadas en un libro,  que aprendan a distinguir lo bueno de lo malo. Los cambios tendrían que comenzar por los padres ellos mismo dar ejemplo como no mentir no dar falsos testimonios. Luego le sigue la escuela donde poner más disciplina.

Hacer todo lo posible de inculcar en nuestros hijos estos bellos valores.

Los valores se perdieron el día que nosotros dejamos de practicarlos, nuestros retos, nuestras obligaciones.  Cumplirlos y hacer cumplir todo aquello que sea bueno para el ser humano. Valores eternos si los hay, la buena conducta , no ser corrupto, ser servicial etc. etc.

Todos los valores se han perdido, sino miremos  la juventud, pero eso es causa de los mayores que les dejan hacer lo que quieren,  hasta el amor hacia la familia se ha perdido, esta es la familia que nos espera, nuestros abuelos en geriátricos, cuando antes morían en sus casas…

Principalmente, el estrés es una forma de llamar a la ausencia de espiritualidad, debemos desarrollar el espíritu para poder trasmitir esa paz y esos valores que conlleva acercarse a Dios, pues en Él aprendemos a amar, y ese es el principal valor que debemos trasmitir, a nuestros hijos, amigos, compañeros, pareja etc. Debemos tratar de que nuestros hijos estén más cerca de Dios, pues es la única manera de que ellos sepan elegir y ser ejemplos en un futuro.

Definitivamente es un problema de familia, escuela y educación.

La falta de diálogo, la falta de tiempo para compartir y la necesidad imperiosa de vivir acelerados para que “no nos pasen por encima” hicieron que seamos cada vez más individualistas y menos familia. A través del rescate de los valores que educan y forman a las personas, pretendemos ofrecer una herramienta pedagógica a la ciudadanía para mejorar su calidad de vida.

Podemos observar cómo comienzan a estar muy presentes anti-valores de agresividad, competencia, egoísmo, falta de respeto, de cortesía, de convivencia.

De aquí nace la necesidad de fomentar el conocimiento de los valores presentes en todas las culturas y momentos históricos, es decir, valores universales, y de esta búsqueda extraer, cada cual, en su medida, soluciones prácticas para la vida cotidiana.

También se hace evidente la necesidad de fomentar el diálogo intercultural, con la finalidad de construir puentes que permitan localizar aquellos valores que unen a los seres humanos por encima de las diferencias que nos separan.

En las últimas décadas nos estamos enfrentando a una crisis de valores y, además, se han deteriorado las relaciones humanas y el comportamiento ético, debido a la notoria subversión de valores que se observa en el diario comportamiento social del individuo.

Se han instalado en nuestro medio, como un común denominador, conductas antisociales, insolidarias, deshumanizadas. Pasiones como el egoísmo, odio, resentimiento, violencia, libertinaje y actitudes de indiferencia ante el sufrimiento del prójimo y la injusticia, deben ser revertidas con la mayor urgencia.

Es necesario recomponer el tejido social para reconstruir una sociedad saludable, a partir de la recuperación individual, rescatando los valores humanos que se encuentran opacados en su conciencia, pero que están en su naturaleza humana

En consecuencia, debemos incorporar la enseñanza y transmisión de los valores humanos, tales como la verdad, paz, rectitud, no violencia y amor, entre otros, a través de la palabra afectuosa, del gesto solidario.

Ello puede lograrse en la tarea de enseñanza de padres a hijos, de los educadores a los educandos, de cada ciudadano en su conducta pública y en su entorno, del gobernante frente al gobernado, etcétera.

Toda actividad y todo momento puede servir y ser útil para transmitir un mensaje valorizador y potenciador de los valores humanos.

 “Los valores humanos están contenidos en cada célula del cuerpo humano; sino, no podrían ser humanos”. Sólo resta rescatarlos y ese es el mayor desafío de este momento.