La Aventura de la Vida

Para María meterse en la cama era un gran alivio. Cerraba sus ojos y entraba en el mundo onírico que nada tenía que ver con su realidad,una realidad en la que ella creía que la estaba volviendo loca.

Su vida no era para dar saltos de alegría, estaba enferma, no podía trabajar ni llevar una vida lo que entendemos como normal. No obstante, tenía motivos para ser feliz, sin embargo ella no lo sabía ver, era como si hubiera entrado en un pozo sin salida.

Un buen día en el que salio a pasear, se encontró con Isabel, una señora de unos 70 años, alta, pelo canoso, muy comprensiva y simpática, la cual había conocido en la zapatería donde María solía comprar.

Entablaron conversación

-Hola Isabel que tal estás?

Dando una vuelta y tú cómo estás María?

-Nada, sin ánimos ni ganas de hacer nada, me siento agobiada, cansada, sólo estoy bien en la cama, salir es un sacrificio, ¡En fin!

-Así no vamos bien María, tienes que cambiar esos pensamientos negativos

-Pero, es que no puedo más, un día igual al otro, y tanta mala suerte que he tenido me llevan a estar sin ilusiones ni motivaciones

-Verás María, nuestra vida es una aventura, en ella vivimos episodios difíciles y a veces dramáticos y hasta a veces injustos.

Nuestra vida no es comparable a la de otros, pero a todos nos llegan episodios felices y desdichados por igual.

Algunas personas nos parecen más felices o afortunadas que nosotros porque siempre sonríen, o porque siempre parece que les va bien.

Y por tanto todos estamos expuestos a las mismas circunstancias felices y desgraciadas.

-¿Cuál es pues, la diferencia? -Preguntó María

La diferencia es el punto de enfoque y la manera de ver las cosas. Mientras unos se miran el ombligo todo el tiempo en acto de auto contemplación pura, otros miran hacia adelante y ven con el corazón las maravillosas oportunidades que van a aprovechar.

“El desperdicio más grande que puede cometer el ser humano es caer en la estupidez de la auto contemplación.”
Palabras de Don Juan, según Carlos Castaneda.

A fin de cuentas quejarse se convierte en un acto automático que se dispara de forma subconsciente. Es simplemente una costumbre.

-Es estupendo esto que me estás explicando Isabel, me empiezo a sentir más optimista

Yo creo que te irá bien, hay más cosas sobre este tema que quiero explicarte, si quieres quedamos otro día y te sigo contando como llegar a ver la vida desde un punto más positivo ¿Te parece?

-Si quedemos en un día y una hora, no quiero perderme ni un coma de estos consejos.

Las amigas se despidieron y quedaron en verse el lunes a las 4 de la tarde a tomar café…

                                                                                                                   CONTINUARÁ…

 

 

 

La Ventana

La ventana se abrió a consecuencia de la tormenta, golpeando varias veces sobre si misma, María se levantó y fue a cerrarla. Aquel viento frío la envolvió de una forma extraña, sintiendo su presencia. Se quedó mirando, los rayos iluminaban el bosque, los recuerdos hicieron que se emocionase y terminó llorando. Aquel fatal accidente se lo arrebató, cómo aquella noche la tormenta le impidió reunirse con ella. Decidió volver al sillón y continuar leyendo el libro que él le recomendó un día, cuando de pronto una nueva ráfaga de viento abrió por completo el tragaluz. Aquella brisa nocturna la acariciaba, sentía sus manos, el aroma de su perfume y con rabia la cerró de golpe. La tristeza la hundía, no quería olvidarlo, pero el tenerlo siempre presente la mortificaba. Se sentó, secó sus lagrimas y retomó la lectura en el punto dónde la había dejado…
“Gracias por dejarme entrar, pero esta será la ultima vez, no puedo verte sufrir, te sigo amando, hasta siempre, acuérdate en las noches de tormenta cerrar la ventana”
Miró la ventana y sintió un escalofrío, cuándo vio que el bolígrafo estaba en otra pagina y no en la que había dejado la lectura…

Las personas no cambiamos, sólo que nos hacemos viejos y nos vamos adaptando al cambio, cogiendo la vida con más calma y saboreando los momentos… nos sorprendemos al darnos cuenta de que tenemos más pasado que futuro…

Amatista

Fatales los tiempos reprimen la brisa,
se encastra el silencio tras de la sonrisa.
Aguda una nota se viste de blanco,
de perfil perpetuo sobre el desengaño.

Descubro el agreste sonido del viento
clamando encrespado sobre el muro ciego.
Se iza la noble caricia del aire,
desplegando diestro el sol en los valles.

Fatiga inaudita en la prueba inmóvil,
torrente de arena sobre los crespones.
Desgrano y revelo la beta amatista,
que descorre el velo, tras de la embestida.

Sobre la gran huella que pinta el comienzo
engendro una perla roja como el fuego.
Una herida sella la cuota de olvido

y remonta vuelo más allá del risco.

Mis manos se abren serenando al verbo,
y vierten caricias sobre esos hechos.
Espero en silencio que cierre la grieta…
y se abra el día en sonrisas nuevas.

Hombre Salvaje…

Me gustaría saber escribir/hablar/versar para ti…
Escribir bien.

Para que así cuando leas estas frases… Te des por enterado, comprendas muy bien, con ganas,
con pasión… El cómo sin llegar a cruzar la línea, sin un beso,
sin llegar a ser nada más allá que una amistad ; te tengo aquí metido,
entre el día a día,
entre mi taza de café,
mis minutos del reloj,
y mi deseo carnal de abrazarte con fuerza contra mi pecho.

Deseo, extraño,  añoro, lo que jamás he tenido contigo.
Porque sin vivirlo ya he transpirado
la euforia de tu aliento.
De tus respuestas a mis miradas,
de tus deseos recíprocos de palpar.

“Hombre salvaje,
peligro en extinción”…
Voy a ser la ingenua, tu ingenua, incluso cuando está escrito, y bien,
que tan sólo eres un depredador.
Voy a permitirme hacer un llamado, a ti, el salvaje…

¡Ven aquí!
Te invito a dejar la lejanía.

 

Al otro lado de la mesa

LA ENFERMEDAD

Volviendo del hospital, observé con detalle, quizás por primera vez, antes siempre atolondrada no tenía tiempo para fijarme en que un momento antes de la salida de Barcelona se divisaba un mar de color platino, iluminado por tenues cortinas de sol, lo que emergía era un paisaje de interior, de textura frondosa y horizontes toscanos.

Hoy el cielo está encapotado: la primavera se resiste. Una lluvia fina ha dejado las calles desiertas y hace frío, de modo que se agradece el calor. Mi casa es un lugar acogedor, con trazos de vida cotidiana intensa: una agradable madriguera.

Cansada y agotada por el viaje y las pruebas que me han realizado, me he sentado en mi sillón pensando qué difícil es estar al otro lado de la mesa… ser “paciente”

Como médico siempre he luchado por conseguir una medicina más atenta, más afectiva, más humanizada… Sin embargo, ahora como enferma de cáncer me he dado cuenta que no reparé en lo que representaba ser paciente.

Mientras hacía una derivación o solicitaba las pruebas necesarias para comprobar tal o cual cosa, no valoré el tiempo y quebraderos de cabeza que le representaría a esa persona hasta finalizar las pruebas, no lo hice y me conmuevo al pensarlo.

En sí, hay un proceso de estigmatización externa que hace que a veces se mire al enfermo como a un desahuciado, y también de autoestigmatización. A diferencia de otras enfermedades, muchos de los pacientes de cáncer, cuando reciben el diagnóstico, abandonan. Abandonan la vida no en el sentido de que se entreguen a la muerte, sino que dejan de vivir la vida que vivían. El impacto es tan fuerte que se produce una ruptura vital. La enfermedad te domina, y la sociedad, de alguna forma, te invita a abandonar cuando te aconseja que cojas la baja y te quedes en casa; cuando, con la mejor intención, te dice: tienes cáncer, ahora debes pensar en ti; haz lo que te plazca. Es una forma de decir: cómo vas morir, cumple tus deseos, entonces dejas de ser Maite para ser, como decía Susan Sontag, “la enfermedad”.

El paciente de cáncer sufre un proceso de despersonalización. Pasa a ser un yo-cáncer. Yo he luchado contra estas fuerzas que te empujan a recluirte. Yo he dicho: me encuentro bien, voy a hacer cosas. Quedarme en casa es una opción que yo agradezco, y que en un momento dado puedo necesitar; pero mientras pueda he de seguir haciendo de hermana, hija, de amigos, y he de seguir con mi tarea profesional. ¡Claro que el enfermo de cáncer tiene derecho a quedarse en casa! Pero también tiene derecho ser la persona con motivación e ilusiones de futuro.

Es sorprendente cómo perdura el estereotipo negativo, cuando ahora mismo se curan más enfermos de los que se mueren y es por muchos motivos, entre otros porque seguimos utilizando un lenguaje estigmatizador. Del terrorismo decimos que es el cáncer de la sociedad, no decimos que es el infarto o el ictus de la sociedad. Ese lenguaje implica un poso cultural que acaban interiorizando los propios enfermos. Naturalmente, también influye que todos hemos tenido un precedente en la familia que ha terminado mal.

De todas maneras, mi visión de las cosas ha cambiado en un aspecto de forma radical: he aceptado mi muerte. Mi muerte joven, quiero decir. Creo que ya no puedo esperar de la vida mucho más. Pero no hay hipocondría y tampoco tengo miedo. Acepto que he tenido mala suerte, pero la enfermedad también me ha reforzado. Observo las cosas con más distanciamiento.

Sí. La resignación existe. Piensas: así es la vida, unos mueren de cáncer y otros de sed en una patera a la deriva. No es algo que nos tenga que ocurrir a todos, pero a algunos nos ocurre, y entonces te parece absurda la obsesión por vivir mucho tiempo. Hay que aceptarlo, y no tiene mucho sentido desesperarse antes de hora. Eso sí que lo tengo claro, no vivo con angustia. Hay momentos en que estoy muy triste y hasta me pongo a llorar, pero creo que lo llevo con dignidad, de manera que no sea una carga para nadie. También hay un redescubrimiento de la vida interior y un mayor compromiso. No estoy reclamando más asistencia para mí, que tengo una buena asistencia; la estoy reclamando para todos los pacientes, y sobre todo escribo todo esto porque creo que mis padres me dejaron una sociedad mejor que la que ellos encontraron.

Acumulamos energía luchando contra el cáncer, es mejor gastarla en hacer cosas positivas que martirizar a la gente o martirizarte a ti mismo. Al convertirte en enfermo puedes volverte egoísta y llegar a ser desagradable con los demás, que no tienen la culpa de lo que te ocurre. Yo procuro ser afable. Soy bastante emotiva, pero también soy irónica y sé distanciarme bien de las cosas. Puedo vivir con bastante frialdad lo que la gente vive con mucha tensión. Y paradójicamente, tengo mucho más tiempo para hacer lo que quiero porque mentalmente tengo muy despejado el cajón de los problemas.

La gente gasta mucha energía en odiarse, en crearse problemas perfectamente evitables, en cosas banales. Yo parto de la idea de que no tengo que tener problemas: ¡ya tengo un problema! Y por tanto, cuando alguien me viene con uno nuevo intento situarlo rápidamente en un contexto resolutivo: a ver, ¿tiene solución o no la tiene? Si no la tiene, no gasto más energía. Tengo las prioridades muy claras. Pienso: aquí mi familia y amigos, y cuanto más tiempo disfruten de mí, y yo de ellos mejor; por eso ahora lo que quiero es ganarle tiempo a la enfermedad para estar con ellos.

EL SISTEMA

Tenemos un sistema de valoración de los profesionales que incide mucho en los aspectos científicos, dando por hecho que la asistencia se presta bien, pero no siempre es así. Si nadie se encarga de valorar los aspectos asistenciales significa que para el sistema no tienen valor, y la prueba es que no hay indicadores hechos por pacientes sobre calidad asistencial. Al final, lo que los pacientes queremos es que nos cuiden. Yo ya acepto que no me van a curar, pero me costaría aceptar que no me van a cuidar. Hay estudios que demuestran que recibir buenos cuidados aumenta no sólo la calidad de vida, sino también la supervivencia de los enfermos de cáncer.

Los enfermos tienen un nivel educativo cada vez más alto, quieren tomar sus propias decisiones, y para eso necesitan buena información. Con Internet disponen de una gran cantidad de información, pero poco digerible. Había que filtrarla y organizar la forma de facilitarla.

Pero parece que los médicos cada vez controlan en la deshumanización de la medicina ¿no influye también la organización? La organización sanitaria sigue un modelo industrial en el que se prima la productividad y la cantidad por encima de la calidad; al que se llega mayoritariamente por urgencias, y que consiste en llenar agendas y salas de espera. Si nos preguntaran a los pacientes, ciertamente no elegiríamos este modelo, sino otro en el que los médicos tuvieran más tiempo para la consulta, para estar al día y para investigar. Ahora cada vez es más difícil que al paciente crónico le atienda siempre el mismo médico, y no está garantizada la continuidad asistencial entre diferentes niveles. Por eso una de nuestras peticiones es tener un médico responsable, una especie de tutor que se responsabilice de la historia clínica y ayude al paciente a tomar las decisiones.

Uno de los problemas de la medicina es que hemos convertido a los médicos en asalariados y ahora forman un colectivo profesional insatisfecho, desmotivado, mal pagado, y como los gestores saben que es así permiten incumplimientos en el horario y la dedicación que de otra forma no se tolerarían. El sistema no es capaz de distinguir entre el médico que trabaja bien y el que lo hace mal, y aunque tenemos leyes muy avanzadas, no se cumplen. Por ejemplo, tenemos regulado el consentimiento informado, pero la información es tan deficiente que yo lo llamo el consentimiento firmado, porque parece que lo único que se busca es la firma. Necesitamos despolitizar la sanidad.

El imperativo tecnológico está deshumanizando la medicina, esta reflexión me ha llegado con el ejemplo de un gran amigo mío. Su ejemplo como médico. Él tiene un concepto muy social de la medicina, no ha tenido grandes ambiciones materiales. Él acudía a cualquier hora que le llamaran, fuera sábado o fuera domingo. He tenido la suerte de poder ver un tipo de medicina pobre en tecnología, pero rica en valores humanos. Cuando una persona se entrega tanto a sus pacientes es maravilloso.

 

Escribiendo

 

 

Escribo y al fin escribo

para salvarme del frío,

por no estar sola en la noche,

por el amor que no es mío,

por esta pena prestada

que se ha quedado conmigo.

Escribo por este miedo

de la nada y el vacío,

por los niños que no juegan,

por los amantes vencidos,

por las palabras gastadas,

por los sueños que no han sido.

Escribo porque no sabes

que ya no sé lo que sigo,

y por las cosas más graves

y más triviales escribo.